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Opinión - Tiempos de odio

OPINIÓN

TIEMPOS DE ODIO El odio se ha instalado en los corazones de mucha gente en estos tiempos que corren. Es un odio, en muchos casos, difícil de entender por las circunstancias en que se dan. No es ya el clásico odio encubado durante años –extrañamente- de padres a hijos, por unos sentimientos que ya debieran, como todas las cosas, estar diluidos en el transcurrir del tiempo. Odios viscerales que debieron morir por indiferencia de las nuevas gentes cuya preocupación no puede ser la misma que la de sus padres, después de tantos años. Y mucho menos si el mismo viene rebotado de la época de los abuelos. Pero es así. Hoy muchos jóvenes hablan, maldicen y odian como si la situación que están viviendo fuese la de 80 años atrás. La política se ha hecho el eje central de muchos de ellos. Es cierto que la política es ahora un oficio de bajo prestigio social, ajeno al brillo fundacional de los personajes de la Transición; pero no es motivo suficiente para tanto desencanto –porque no todos son iguales- ni para esa pulsión feroz y de rabia contra el sistema establecido. La extrema izquierda –ahora también parlamentaria- y muchos comentaristas de prensa están azuzando el nihilismo con la idea de que hay que romper con todo y que la masa popular, por el solo hecho de serlo, se le debe conceder una suposición de superioridad moral, totalmente populista; esa masa de izquierda dura, capitaneada por gentes formadas en las universidades, está llevando su odio a unos extremos de crueldad y deshumanización que se parecen a aquella sentinas batasunas de los años de plomo, para poder encontrar una similitud. Pasa el tiempo, pero no hay día en los que no surjan odiadores recordando, sea cual sea el motivo, a los tristes acontecimientos de una guerra civil ya amortizada, al vencedor de la misma ¡42 años después de su muerte!, y tachando de fascista a todo aquel que no esté de acuerdo con sus ideas, por muy peregrinas que estás puedan ser y que de hecho, en la mayoría de las ocasiones, lo son. No es solamente desapego a la sociedad que hemos construido entre todos, dejando jirones en el camino cada uno, es también rabia, una pulsión feroz de desencantados con nuestra forma de vivir y actuar. Quieren ser los rompedores del sistema creando uno nuevo. Quieren ser la avanzadilla de regímenes totalitarios felizmente naufragados en muchos países que creyeron en lo mismo y que hoy, desgraciadamente, aún quedan pequeños reductos en donde la miseria, la falta de oportunidades y el hambre, son la nota flagrante del sistema gobernado con puño de hierro. Los odiadores, está comprobado, invierten mucho interés y esfuerzo en transmitir sus ideas, que van calando peligrosamente en esa masa cuya opinión es la que reciben de los medios de comunicación.

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