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Opinión - Setenta y ocho años después

OPINIÓN

SETENTA Y OCHO AÑOS DESPUES Deben ser pocos, muy pocos, los que a estas alturas sigan con vida desde el final de los tristes y lejanos episodios de la guerra civil española. Por un simple cálculo aritmético entre el tiempo transcurrido desde su finalización y la edad lógica de los contendientes en aquel momento. No obstante, para muchos, parece seguir vigente, sino en su memoria por la imposibilidad real de haberlo vivido, sí en su pensamiento y de forma obsesiva, el capítulo más triste de la historia española, por haberse enfrentado entre sí ciudadanos de un mismo país, cuando no de una propia familia. ¿Cuánto tiempo más ha de transcurrir para desterrar definitivamente el fantasma de aquel enfrentamiento? No se trata de enterrar en el olvido una verdad histórica, sino de examinarla con serenidad acallando odios y venganzas y sin ruines justificaciones que hagan excitar pasiones y sangrar heridas cerradas por el tiempo; como por algunas instancias se trata machaconamente de incitar a revivir con confusa y superficial información aquellos episodios, desde un prisma sesgado y desde donde se enaltece al bando perdedor y se demoniza todo lo que se refiere al que obtuvo la victoria. Ambos bandos tienen que ser enaltecidos, pues dieron su vida en defensa de los ideales en los que creían, sin que por ello se pueda soslayar los excesos y crímenes cometidos por cualquiera de las partes, lo que confirma la debilidad del ser humano cuando se excitan y justifican los viejos rencores. Si se evita el hurgar en las viejas heridas, entre todos se puede cerrarlas definitivamente. Si, en cambio, se usan como arma arrojadiza en cualquier momento en que se tenga que confrontar ideas o posicionamientos políticos, entonces no se hará más que seguir manteniendo viva una historia que, sin renunciar a ella, debería ser definitivamente enterrada en los libros. En política deberíamos solamente hablar a partir de la Transición que nos dimos, unos y otros, y de la que nosotros y nuestros hijos han conocido y pueden valorar. La transición se hizo sobre el supuesto de que la guerra civil fue eso mismo, una guerra civil, no un simple golpe de Estado, y menos una suerte de ocupación militar por un ejército extranjero que no se sabe de dónde venía. Las políticas de la memoria, al igual que las políticas de la identidad, generan un fuerte daño emergente, pues nos enfrentan en lugar de unirnos. No es posible una convivencia pacífica basada en rencores y viejas disputas de identidad política. Lo razonable y conveniente es construir un porvenir de paz y prosperidad para nuestros hijos, no vengar las afrentas de nuestros abuelos. Mientras esto no cale en aquellos que estamos obligados a preparar a nuestros descendientes para enfrentarse a la vida, no solamente se está hurtando una parte de la realidad, sino que se estará fomentando una división entre hermanos, como antaño, de la que parece que no hemos aprendido nada.

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