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Opinión - Profesionales de la ignominia

OPINIÓN

PROFESIONALES DE LA IGNOMINIA Describir la realidad debe ser misión principal de los medios de comunicación, la información supeditada a la ideología política conduce a la disfunción de la verdad y a la negación de la objetividad. Este principio del periodismo se rompe con excesiva frecuencia, tanto en los medios escritos como audiovisuales. Es cierto que España sigue siendo un país con una media de lectores de periódicos bastante baja y, de ellos, muchos son lectores de titulares, aunque es ahí donde puede existir el mayor riesgo, ya que el titular suele ser llamativo y que muchas veces no se corresponde plenamente con su contenido. No ocurre lo mismo con la televisión, medio masivamente utilizado y atrayente donde se concentra mayoritariamente el grupo más numeroso de “devoradores de noticias”, así como meros espectadores con tiempo libre y mente de fácil ideologización. En estos medios es por donde pululan excelentes profesionales junto a otros que no son más que transmisores de consignas políticas, aderezados por una pléyade de políticos de segundo orden enviados a trasladar manifiestos previamente elaborados para su difusión, y que con insistencia franciscana vierten día a día a los ojos y oídos de los televidentes en esas múltiples tertulias en donde se afanan en participar. Cualquier persona no contaminada gravemente por una ideología, es capaz de ver la grave manipulación que se hace de algunos hechos puntuales. Ya no es la utilización sectaria de la noticia, es que algunos son simplemente odiadores de las personas a las que puede hacer daño con su información sesgada. Invierten mucho interés y esfuerzo en sus intervenciones con una motivación extrema, que denotan el sesgo personal de la información. Estremece el entusiasmo que ponen, porque hay mucha gente de buena fe escuchando, a las que se les engaña y se les hace modificar sus planteamientos morales. Aquellos que simplemente escuchan para fortalecer sus creencias políticas y para abastecerse de argumentos para transmitirlos a todo aquel que le escuche, son de igual calibre que aquellos perceptores de los clásicos manuales que los partidos reparten entre sus acólitos para desarrollar los temas que les convengan. Luego no es de extrañar que haya una masa a la que se le lleva al odio y a extremos de crueldad y deshumanización, como el ejemplo que tuvimos con los empleados del hospital donde estuvo ingresada gravemente la señora Cifuentes, que se manifestaron en términos que demuestra hasta qué punto el rencor ideológico banaliza la desgracia ajena. Transforma a la persona –sobre todo aquella de moral frágil y fácil convencimiento- hasta extremos de hacerles pensar, en algunos casos, inhumana y amoralmente. Es un espectáculo ignominioso que retrata cierta degradación colectiva que será difícil de reparar, y de la que en buena parte son cómplices todos aquellos que atisbaron una oportunidad de hacer política por otros medios.

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