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Opinión - No tenemos miedo

OPINIÓN

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NO TENEMOS MIEDO Ahora que los grupos antisistema se han hecho con un trozo de la tarta a la que tanto han venido criticando, llegando a representar a los suyos en los foros contra los que lleva luchando siempre, aparece la contradicción de sus vidas, que no es otra que llegar al palacio que querían destruir. La alianza total de los antisistema se visualiza cuando cargos públicos electos defienden desde sus escaños o en las administraciones locales, actos y actitudes vandálicas con la contundencia de quien cree que lo justo es asaltar la propiedad privada, vivir del cuento, destrozar el mobiliario urbano y sembrar el pánico en el vecindario; y lo que resulta aún más estrafalario, con la anuencia o, en otros casos, con el silencio cómplice de parte del hemiciclo en que están representadas otras fuerzas políticas. Y han sido los componentes de esa bancada los que han convencido a la antigua oligarquía catalana, representada por la antigua CIU y hoy marioneta de un conglomerado radical bajo el manto de diferentes siglas, para embarcarse en una aventura secesionista al más puro estilo estalinista. Los nacionalistas catalanes, comunistas incluidos, llevan muchos años cerrados a la libertad de expresión y abiertos a la antipatía con el resto de los españoles. Todo lo que dicen resulta antipático, distante y pegado a la aldea. Lo del idioma va mucho más allá, se multa por rotular en español, y llaman fascista a quien solicita que sus hijos estudien en español. Así de sencillo. La lengua catalana, rechazada durante siglos por las altas clases de Cataluña, es una lengua viva y moderna que no transcurre por peligro alguno. Su literatura es formidable y en Cataluña, con Franco o sin Franco, siempre se ha hablado el catalán, escrito en catalán y comerciado en catalán. Su gran pujanza se ha debido al uso natural del bilingüismo, ese tesoro que los nacionalistas catalanes desean enterrar. Parece que ningún nacionalista catalán ha leído a Maragall, a Espriú o al gran Josep Pla, el payés brillante, irónico y escéptico. Han sido muchos años de cambalaches con los diferentes gobiernos para vender sus apoyos políticos esquilmando económicamente al resto de España, pero ya nada de esto es suficiente; la voracidad les nubla las pocas entendederas y a base de golpes sediciosos y engaños a la ciudadanía, pretenden implantar una república catalana obviando la Constitución de todos. Un claro pulso al Gobierno que de ninguna manera puede triunfar, a pesar de la increíble falta de unidad en este tema de algunos partidos políticos. Hace muy bien el Gobierno de limitarse a hacer cumplir la ley, a impugnar o recurrir lo que la rebase, sin gesticular ni alzar la voz ni perder la calma. Ni pacto fiscal, ni blindaje de la política lingüística, ni ningún tipo de acuerdo especial en infraestructuras. Se ha llegado a la conclusión de que de nada sirve negociar con Cataluña porque por mucho que el Estado conceda, la insatisfacción permanece. El derecho a decidir es, en el fondo, una trampa para tratar de dejar a España en evidencia y forzarla a moverse. La táctica de no hacer ningún gesto ni ningún aspaviento deja sin negociado a los mercaderes y seca el discurso victimista, porque que enfrente ya no tiene al enemigo sino el reto de su propio destino.



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