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Opinión - Los nuevos tribunos

OPINIÓN

LOS NUEVOS TRIBUNOS Cada cierto tiempo los partidos políticos sacan en calles y tribunas a lo más granado del equipo. a los del florido verbo y daga afilada para que puedan llegar al corazón del ciudadano y, por ende, al interés del voto. Son los gestos y situaciones repetidas elección tras elección, que no por conocida, resultan menos tediosas. De testimonios escritos sobre los tribunos en tiempos de la República se puede deducir la altura intelectual de muchos de ellos, el hiriente verbo adornado de la majestuosidad de la palabra, sin que ello restase un ápice a los conceptos que las partes se recriminaban mutuamente. Hoy, con excepciones muy contadas, la vacuidad es la norma en una gran mayoría de políticos que o bien tratan de convencerte o de aniquilar al adversario con sus primarias razones. Por si faltara poco, ha nacido una tribu nueva compuesta de universitarios, callejeros que se concentran al anuncio de cualquier movida y de rompedores de cualquier sistema establecido; el sectarismo emanado del totalitarismo y la ramplonería unidos en una causa común. Aunque dé la impresión de que el totalitarismo posmoderno funciona por impulsos, al margen del rigor, a espaldas del sistema y a hurtadillas del método, los datos objetivos demuestran que el azar se subordina a la estrategia; son sumamente concienzudos a la hora de elegir su presa. Todo aquel que cuestione el credo trinitario que aglutina a la secta (la superioridad moral, el monopolio de la verdad y la exclusiva del ingenio) es susceptible de acabar en la hoguera. Esta nueva tribu es más faltona, utilizan las palabras como sentencias, amparándose en la impunidad del escenario delante de sus jaleadores que piden más y más carnaza; creciéndose hasta creerse inventores de la democracia y que tienen derecho de patente sobre la misma, de tal modo que sólo aquellos que piensan como ellos son demócratas y los demás son herederos franquistas. Se convierten en dueños del sistema descalificando a todo aquello y a todos aquellos que no piensan como ellos, no dándose cuenta de que precisamente con esta actitud se convierten en unos auténticos totalitarios, como su verdadera ideología establece. Hasta ahora, al margen de dos o tres políticos ignorados por su escasa representatividad, el líder de la exuberancia verborréica y faltona era el dirigente de ERC Joan Tardá, quien en sus momentos más dulces y delicados tiene una apariencia decidida a la agresión física y en la tribuna grita, insulta y amenaza en un alarde de matonismo impropio de un cargo representativo. Pero a Tardá se le conoce y se sabe que sus amenazas se reducen a su obcecada pataleta independentista. De los nuevos profetas de la palabra y el odio en los ojos, que quieren ejemplarizarnos con modelos económicos que han arruinado a muchos países, solo –y es mucho- conocemos sus gestos y sus medidas económicas, no las intenciones en materia democrática, aunque muchos lo sospechamos.

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