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Opinión - Los límites del rencor

OPINIÓN

LOS LIMITES DEL RENCOR Los latinos, y especialmente los españoles, siempre nos hemos distinguido por sentir envidia de nuestros semejantes. El escritor vasco Miguel de Unamuno, en su novela “Abel Sánchez”, expresó la ira y el rencor que puede generar la envidia en las personas; suya es la frase “La envidia es la íntima gangrena del alma española”. Pero este pecado de celos por ver poseer lo que quisiéramos nosotros, puede ser casi intrascendente, pero cuando a esto se le añade el rencor y la vilezase transforma en odio, esa enfermedad moral que suele llevar a extremos de crueldad y deshumanización. Recientemente hemos sido testigos de unos hechos de brutalidad escrita por medio de las redes sociales mayoritariamente, tras el fallecimiento de dos personalidades del mundo empresarial muy relevantes; personas que seguramente tendrían muchos defectos, como todo ser humano, pero que para la sociedad en general aportaron indudables beneficios traducidos en miles de puestos de trabajo, entre otros. Ya sabemos que la izquierda actual es un mejunje amorfo, desestructurado y bastante vacío de ideas, en donde el dogmatismo medra pero sin ponerse de acuerdo en temas puntuales y necesarios para la convivencia. El sí pero no, es la forma ambigua que han adoptado en la mayoría de las ocasiones en que se les ha requerido. Así, una izquierda más radical y totalitaria que funciona por impulsos, al margen del rigor, se está apoderando de la mente de las personas desconcertadas por actitudes de muchos políticos. Estos ínfimos inquisidores se visten con el ropaje progresista, cuando en realidad no son más que los herederos de la construcción del muro de Berlín, ese muro que a tantos comunistas les cayó en la cabeza y que, curados de sus heridas, intentan resucitar la momia de Lenin, presentándose como los representantes de una superioridad moral y paseando el espantajo de la lucha de clases, que solo persigue acabar con la democracia que nunca tienen en los pocos países que gobiernan. El recurso al exabrupto, a la embestida, constituye un rasgo execrable de esa pasión viciada de estos energúmenos que no respetan ni a los muertos, que se regodean de ellos, con esa enfermedad inoculada por el virus de la intransigencia; un desastre de la civilidad que nos devuelve a la dialéctica de la selva. Es el rencor ideológico y el odio por el triunfador. El naufragio de la concordia con estos individuos que han nacido entre una masa popular que, por el solo hecho de serlo, se consideran poseedores de una superioridad moral que es totalmente falsa. Es la izquierda dura que intenta apropiarse de soluciones extra-parlamentarias inmoralmente, contraviniendo las leyes y las normas, con la anuencia de la extrema izquierda parlamentaria, la pasividad de la izquierda más moderada y alentada por muchos comentaristas de prensa y televisión. Es un espectáculo ignominioso que retrata cierta degradación colectiva que será difícil de reparar, y de la que en buena parte son cómplices todos aquellos que atisbaron en el odio una oportunidad de hacer política por otros medios.

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