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Opinión - Los elegidos

OPINIÓN

LOS ELEGIDOS A pesar de los lloros de algunos –que aún quedan- pidiendo subvenciones para realizar cine en España, acostumbrados como estaban en aquella etapa tan pródiga que se subvencionaba a todo aquel que decía tener una idea para llevarla a la pantalla, y que casi todo eran bodrios infumables que hacía huir a los espectadores, la realidad es que desde que se está subvencionando con criterios de racionalidad, el cine español parece haber mejorado, obligando a realizar, a todo aquel que realmente tiene talento, a practicar el noble arte del esfuerzo y la imaginación. Era una época de vinos y rosas donde se subvencionaba tanto, que hasta la ínclita ministra González-Sinde llegó hasta la subvención especial por razón de sexo, sin llegar a entender que en la creación artística no hay otro sexo que no sea el artístico. La Academia del Cine, tradicionalmente, viene entregando cada año unas estatuillas que simbolizan el reconocimiento endogámico que los actores se autoconceden, -salvando algunas honrosas excepciones- a falta del verdadero apoyo del público en la asistencia a las salas de proyecciones. Es un buen ejercicio el empezar a mirarse en el espejo de la realidad y dejar de sangrar al contribuyente y decidirse a aprender que el cine es el arte de contar bien una buena historia. Mientras piensen que el cine es una excusa para vivir sin trabajar, no se hará buen cine y esquilmará los bolsillos de los contribuyentes. Muchos años los Goya se convirtieron en una mentira distribuida entre la mediocridad y la militancia que a muy pocos interesaba. Era la noche de llantos y abrazos, de envidias viperinas sonrientes, de elogios que no se sienten y de plagios hollywoodenses llevados hasta el ridículo y la horterada; todo ello presentado como una fiesta de “La Cultura”, cuando en realidad solamente es el reparto de premios de una industria al borde de la quiebra que sobrevive gracias a unas ayudas económicas, de las cuales, los que ayudamos, no hemos sido consultados para ejercer el derecho a la voluntariedad. Este año, con un criterio más racional y menos politizado, aunque igual de autocomplaciente y pesado, al menos se ha podido comprobar que el cine español va por mejor camino, en cuanto a calidad, ideas y espectadores. Pero, como siempre, existió la nota discordante, el maestro Ciruela impartiendo lecciones sobre cultura; el sectario Almodovar excluyendo al Ministro del ramo de su selecto entorno, él que es el paradigma de la zafiedad y la sordidez en la mayoría de sus películas, repletas de vulgaridad y de obsesiones sexuales, aplaudidas por un sector que sigue empeñado en ser el garante de dar certificaciones sobre progresismo, cultura y democracia, sin olvidarse a la vez de hacer la división entre buenos y malos. Haciendo la salvedad del ridículo del plumífero Almodovar, este año se centró la petición, más tenuemente, sobre la pretensión de una bajada del IVA. es decir, un trato fiscal diferenciado del resto de españoles. ¿Por qué tiene que tener menos carga impositiva una actividad como el cine? ¿Acaso no es una industria como cualquier otra? Se les subvenciona, algunos ganan bastante dinero y no se les exige la devolución de la subvención a cuenta de la taquilla. Y encima no quieren pagar impuestos.

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