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Opinión - La última astracanada

OPINIÓN

LA ÚLTIMA ASTRACANADA Con el devenir de los días, al ritmo que nos quieren marcar esta pléyade inversa, por anticultural, que a lomos de una ideología rampante y claramente iconoclasta se enseñorea por lugares tenidos por serios y cultos, perderemos -de no evitarlo con presteza y diligencia- normas y costumbres que nos hemos dado a través de los tiempos. Son nuevas actitudes que desafían el respeto a pesar de ser tolerantes. Excesos verbales sin importar el lugar en donde son pronunciadas esas palabras. Es el saltarse las normas que nos hemos dado en conjunto, porque para algunos éstas no les representa. Es la revolución sin consenso, el autoritarismo por el parcial mandato recibido, desoyendo la lógica y asaltando los límites del buen gusto y de la tolerancia. Son los nuevos dictadores apoltronados en los sillones de una democracia que mucho nos tememos abolirían de poder hacerlo. Son el cristal transparente de su propia egolatría queriendo dar lecciones de lo que están faltos. Son la fatuidad oratoria y el esperpento hecho cotidianidad. No hay vergüenza a la hora de ensalzar a terroristas y vilipendiar a sus víctimas. No les importa hacer representaciones a niños mostrando las bajezas humanas, en un claro adoctrinamiento perverso y calculado. Las exhibiciones más grotescas e indecentes se disfrazan de cultura popular, cuando cultura es de la que se carece. Y por si faltaba algo –que algo más faltará- hasta se atreven a cambiar el diccionario y feminizar palabras con nuevos neologismos. Homenaje les suena a palabra machista (Home en catalán y valenciano es igual a hombre), por eso hay que reconvertirlo en mujeraje (Donanatge en catalán, donde dona es igual a mujer) Y es que además de lo antedicho, las hay que son feministas orgánicas que tienen secuestrado el debate público presentando a la mujer como víctima de todo; cuando muchas veces, la situación que les disgusta, solo es el fracaso personal de quien no ha sabido hacerlo mejor o esforzarse más para conseguirlo. El feminismo arraiga en la impotencia, en la fealdad, en la gente que se siente incómoda consigo misma; se disfrazan de ideología pero son sólo malestar; gente que por lo que sea no se siente bien en el contexto que le ha tocado y que en lugar de entenderlo, o de cambiarlo, nos quieren trasladar sus conflictos personales. En realidad, para esta nueva tribu política, todo el que no comparta su basura doctrinal es fascista o inmovilista, porque son incapaces de entender que sus ideas son falsas construcciones sociológicas, contrarias a las normas esenciales del ser humano y causantes, por tanto, de una repugnancia espontánea en cualquiera que tenga una mínima sensibilidad intelectual.

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