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Opinión - Hombre de paja

OPINIÓN

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HOMBRE DE PAJA No tiene suerte Cataluña eligiendo a sus presidentes autonómicos. Una breve mirada por la historia reciente nos da idea del nivel de sus gobernantes, de su moral y de su categoría. Desde 1954 a nuestros días, solamente se salva la figura de Josep Tarradellas i Joan, presidente con calidad humana y gran estadista, de quien nada aprendieron sus predecesores. Está muy reciente, por sus cambalaches y posible procesamiento, el nombre de Jordi Pujol i Soley, quien con la aparente faz de político responsable, fue esquilmando a toda Cataluña para su enriquecimiento personal. Le siguió Pascual Maragall i Mira y José Montilla i Aguilera, quienes pasaron sin pena ni gloria durante los años 2003 a 2010; indudablemente mejor así que no padecer a Pujol y su saga de conseguidores. De Artur Más i Gavarró lo más notable que se le conoce es ser recaudador y parapeto de la familia Pujol y que actualmente está inmerso en una denuncia por uso de fondos públicos pendiente de resolverse en los juzgados, pero con pena impuesta de devolución de los bienes impropiamente usados. La guinda de este calvario soportado por la mayoría de los catalanes se centra en Carles Puigdemont i Casamajó, quien ha sido títere de los partidos que le pusieron como Presidente y que éste, demostrando el bajo nivel que tiene, se encontró como la reina del baile de fin de curso; que pensaba en la entelequia de ser el rey de un país, por encima de las leyes y de las normas del propio Parlamento. Tampoco contaba, así parece, con que muy pocos catalanes y grandes empresas estaban dispuestos a arriesgar su nivel de vida y su elevado bienestar por unos líderes cuya incoherencia supera todas las expectativas. El vodevil ya se conoce casi en todos sus términos. La tensión que ha mantenido durante dos meses ha terminado en cachondeo nacional con la indigna peripecia del molt honorable, cuya soberbia le llevó a una revolución fallida cuyo final está aún por escribir. Nada nuevo en un personaje que ha ido demostrando su falta de liderazgo y unas indecisiones tan patéticas que nadie, ni los suyos, tenían conocimiento puntual. Lo cierto es que, emulando a Lluis Companys i Jover, huye a Flandes para no someterse a la autoridad de los tribunales, mientras deja a sus monaguillos a los pies de los caballos. Todo un perfecto cobarde que, comprobado el rechazo de la opinión internacional, la clara decisión del Gobierno apoyado por los partidos mayoritarios y la actuación inmediata de jueces y fiscales, intentará conseguir de esos políticos españoles que siempre nadan entre las dos orillas, el auxilio que le permita una disminución de la pena o el indulto. Es la culminación de tantos errores de un dirigente sin grandeza épica ni valor, un indigno bofetón para quienes habían confiado en él.



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