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Opinión - En el umbral de la ruina

OPINIÓN

EN EL UMBRAL DE LA RUINA No cabe duda de que a un ingente número de españoles solo les preocupa el momento mismo en el que ellos se encuentren, tanto económica como socialmente. Ahora que está tan de moda el mencionar que no debe olvidarse hasta el empacho lo de la “memoria histórica” –memoria selectiva, según se puede comprobar por determinadas acciones y actitudes claramente dirigidas en una sola dirección- resulta asombroso que en tan solo cuatro años se haya olvidado tanto padecimiento y dolor. Cuando por una trágica carambola del destino –apoyada por mentiras y saltándose elementales normas- se accediera un 14 de marzo de 2004 a asumir el Gobierno de España, pocos creían entonces que aquellos habrían de llevarnos a los umbrales de la ruina, a la angustia y la depresión con su aventurerismo, su ineptitud, su resentimiento y su odio; manteniendo presentes todos esos ingredientes en su actitud, su catadura y su mensaje en todo el tiempo que asentaron su hegemonía. Fruto del tiempo en que estuvieron en el poder trajeron la manipulación de la historia, la persecución de las creencias religiosas de media España, la persecución de la lengua, el pisotear las tradiciones, la difamación a las víctimas del terrorismo… y cinco millones de españoles desempleados. De aquello tiempos en que España vagaba perdida en su noche más oscura, con la economía destrozada, la moral por los suelos y unos horizontes francamente poco halagüeños -mirando de reojo y con el corazón en un puño a la vecina Grecia- parece que se quiere poner un tupido velo y una nueva oleada de odio ha entrado en una fase de no retorno. En la mente simple, mezquina y sectaria de algunos dirigentes políticos actuales -con la indolencia de una mayoría de personas que permiten que sucedan este tipo de cosas- vamos camino de convertirnos nuevamente en una ruina moral y económica. España es hoy un país que goza de una salud económica apreciable, con unos notables índices de crecimiento y que, por supuesto, necesita seguir tomando medidas serias y no siempre fáciles para consolidarse. Si la respuesta de la sociedad española a estos logros es darle a la izquierda extrema la posibilidad de romper España, de llevarnos a las formas de vida en los países en que sus habitantes se igualan por debajo, es decir por la miseria, entonces lo peor en España no ha sido la crisis, sino la gente. Con ese histerismo, con esa ingratitud que es la característica de los pueblos bárbaros, resulta innegable que nos encontramos ante un conjunto de individuos que buscan los límites y juegan a tocar el fuego, a sabiendas de que siempre quema. Si no se remedia, lo conseguido hasta ahora con tanto sacrificio se nos irá para no volver en una generación al menos. Viene otra pesadilla -que ya estábamos empezando a olvidar- y volveremos a ver –ya lo estamos viendo- donde se aventarán los espantajos de la guerra civil para romper la convivencia, y que muchos mediocres ocupando cargos de responsabilidad está intentando convertir el presente y el futuro del país en un sumidero en donde se saquen a relucir los años fratricidas, para que una secta de miserables vuelva a condenar a nuestro país a un nuevo fracaso.

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