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Opinión - A propósito de Andrea

OPINIÓN

A PROPOSITO DE ANDREA Un documento de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos definía la sedación paliativa como la administración deliberada de fármacos, en las dosis y combinaciones requeridas, para reducir la consciencia de un paciente con enfermedad avanzada o terminal, tanto como sea preciso para aliviar adecuadamente uno o más síntomas refractarios y con su consentimiento explícito, implícito o delegado. Evidentemente no hay que confundir la sedación, éticamente aplicada, con la eutanasia, pues ambas difieren en el objetivo, la indicación, el procedimiento, el resultado y el respeto a las garantías éticas. En la sedación, la intención es aliviar el sufrimiento del paciente, el procedimiento es la administración de un fármaco sedante y el resultado es el alivio de ese sufrimiento; en cambio, en la eutanasia la intención es provocar la muerte del paciente, el procedimiento es la administración de un fármaco letal y el resultado la muerte. En el conocido caso de la niña Andrea, con una enfermedad degenerativa e irreversible, ha hecho de nuevo abrir el debate entre los partidarios de la eutanasia, a la que llaman eufemísticamente “derecho a morir dignamente!”, como si la muerte de quienes deciden afrontar los innombrables sufrimientos que su enfermedad les acarrea fuese indigna; como si su vida, mermada en las facultades físicas, no mereciera la pena ser vivida. Los padres de Andrea han pedido que lo mejor para ella es que le retiren la sonda alimentaria que la mantiene con vida y que la seden para que pueda morir sin padecer. Por su parte, el hospital se niega ya que consideran que la niña no está en fase terminal y que quitarle la sonda alimentaria sería practicarle la eutanasia. Todo un dilema que posiblemente tenga que resolver la justicia, aunque por mucho informe clínico y ético que se emita, no se le arriendan las ganancias morales al juez que tenga que decidir. Preservar la vida de sus individuos es una obligación que compete a la sociedad; y cuando la sociedad declina esa obligación, o incluso la revierte, proclamando un “derecho a la muerte”, se puede diagnosticar que se trata de una sociedad enferma, poseída por un arrebato de automutilación. Morir con dignidad parece un justo anhelo. Pero es que, salvo en casos más bien excepcionales, eso es exactamente lo que, cuando se acaba la esperanza, te ayudan a lograr los hospitales. Hay una responsabilidad moral y ética en los médicos que atienden a estos enfermos que no hay que soslayar. Hace unos días, en un debate televisivo, unas personas partidarias directamente de la eutanasia, daban la razón a los padres que pedían que los médicos le retirasen la sonda alimentaria que la mantiene con vida y que la seden para que pueda morir sin padecer. Un médico presente en la tertulia expuso precisamente la objeción de conciencia como medio a oponerse a acabar con la vida de una persona. Y daba una solución racional: que fueran sus padres quienes se la llevaran a su casa y con sedación suministrada, fueran ellos los que desconectaran la sonda de alimentación y la vieran morir; pero posiblemente esta muerte programada que tanto reclaman no la querrían hacer ellos con su hija. Aborto libre y eutanasia son dos conceptos terribles sólo justificables en las sociedades que han dimitido de sus valores y declinado sus obligaciones hacia los demás.

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