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Opinión - La venganza de Schez.

OPINIÓN

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LA VENGANZA DE SCHEZ. España se encuentra en estos momentos en una encrucijada de la cual muchos analistas nos advierten sensatamente y algunos políticos rechazan, más con el corazón que con la cabeza; como viene siendo norma general en una parte importante de éstoos, incapaces de anteponer a su ceguera política guerra-civilista los intereses generales de la nación; precisamente y en mayor medida la de muchos ciudadanos que dicen repetidamente defender. El pasado 26 de junio los españoles, en su inmensa mayoría, decidieron rechazar la peligrosa llegada al poder del populismo comunista, que habría supuesto un cataclismo para las libertades y la economía de la que con tanto esfuerzo llevamos luchando. Cuestionar el progreso económico de España y el envidiable abanico de libertades que tenemos es, más que negar la realidad, querer engañar machaconamente al ciudadano. Mientras hay quien se empeña en torpedear la formación de un Gobierno ganador de las elecciones, con el apoyo de otros partidos –cuestión inédita en la historia democrática de España y de los países de su entorno- los separatistas catalanes han pasado de las palabras a los hechos iniciando una sublevación contra la legalidad, en una especie de golpe de Estado civil y que puede volver a dar alas a antiguas tesis secesionistas de infausto recuerdo de otra parte de España. Si no fuese suficiente con atajar el desgaste que supone para un país estar con un Gobierno provisional, en donde están puestas todas las miradas de nuestros socios europeos, además nos encontramos con este latente peligro secesionista; motivo más que suficiente para haber llevado a los tres partidos constitucionalistas a aparcar sus diferencias y sectarismos y unirse en un Gobierno de unidad nacional, a fin de encarrilar esta negativa situación. Después, cada uno, desde sus correspondientes fuerzas parlamentarias, defender sus programas electorales y su visión nacional. Si un político caprichoso empieza por creerse el ombligo decisorio de esta situación, con irritante verborrea e infantiles repeticiones negatorias, nos puede abocar a una sucesión de dilaciones en forma de elecciones que no conseguirá más que la posible pérdida de credibilidad en la democracia de los ciudadanos y en la debilidad de nuestra postura internacional. España no puede estar a expensas del beneplácito de políticos y ciudadanos eternamente cabreados y disconformes, ni tampoco de opinadores que van haciendo horas extraordinarias en las diferentes televisiones, repitiendo como un mantra su particular visión de la situación. Ya tenemos bastante con esa turba amontonada en Twiter movilizada y dirigida que se encarga, cual cotorras, de divulgar los mensajes que les dictan. Hasta ahí podíamos llegar.



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