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Opinión - ¡Ay, Llach, Llach!

OPINIÓN

Propia

¡AY, LLACH, LLACH! Eran aquellos años finales de los 60 en que los estudiantes andábamos revueltos, con esa “revolución” propia de la edad que tan bien definió Winston Churchill: "Si a los 20 años no eres de izquierda, no tienes corazón. Si a los 40 años no eres de derechas, no tienes cerebro", los jóvenes nos reuníamos, después de intentar concentrarnos en aquellos libros que tantos dolores de cabeza nos dio, alrededor de lo que, al menos en aquellos tiempos, más nos atraía y nos hacía transportar a lugares infinitos que aquí no conocíamos: la música. Eran tardes repletas de discos mayoritariamente importados de la vieja Inglaterra o los Estados Unidos, en una carrera vertiginosa por saber un poco más que el compañero en cuanto a lo último editado o el nuevo cantante que ocupaba lo más alto de los hits musicales del momento. En España, además de la música patria y de algunos grupos imitadores de los europeos, despuntaban los cantautores: Serrat, Llach, Ovidi, Raimon, Bonet y un tipo raro que se llama Ibáñez. En casi todos ellos encontrábamos ese gusanillo político que echábamos en falta y que a través de algunas de sus canciones creíamos participar en nuestra particular revolución. Por aquel entonces, el cantante de culto era Lluís Llach. Su porte dramático, su cara enjuta y su obstinada expresión siempre en catalán, nos hacía ver en él el líder que muchos jóvenes necesitábamos para no sentirnos dentro de la cadena de presos que, en aquel entonces, nos gustaba decir. En auditorios restringidos, mayormente cedidos por colegios Maristas y Jesuitas, nos cantaba sobre temas líricos llenos de poesía e indirectas políticas. La canción que simbolizaba su antifranquismo, y del que muchos tomamos como himno, se llamaba L’estaca. Su famoso estribillo si estirem tots, ella caurá… la cantábamos a coro como si con ello realmente derribáramos la famosa estaca a la que nos encontrábamos atados. Eran tiempos en los que Llach se decía oprimido y harto de actitudes autoritarias a las que había que derribar. Pasó el tiempo, nos hicimos mayores y llegó la democracia. Ya no se oía a Llach fuera de su tierra catalana y sus conciertos perdieron esa frescura juvenil que nos arrastraba. Un día me lo encontré, inopinadamente, dando un concierto mañanero entre un sol de justicia y allí se apagó la pequeña llama que me quedaba del cantante. Obvio decir la impresión que sentí cuando lo vi tocado con un burdo gorro de lana, participando en un proyecto de secesión catalana ocupando un escaño en el Parlamento. Lo último de lo que me he enterado es de las amenazas proferidas a trabajadores de la administración si no obedecen una orden secesionista y contraria a derecho. Es la nueva estaca a la que quiere atarlos, sin permitir que nadie, como dice la canción, tire fuerte por aquí y por allí, para que al final caiga. Segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar.



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