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Opinión 6OPINIÓN UNA REFLEXION La historia de Rom Houbens, ese chico belga que fue diagnosticado repetidamente por diferentes médicos en “estado vegetativo” durante 26 años y que gracias a la constancia de sus padres, que nunca se conformaron con ese diagnóstico, hasta que consiguieron hacerle una nueva prueba con un escáner y una inyección de glucosa y se pudo comprobar que su conciencia estaba intacta, nos tiene que hacer meditar sobre algunos planteamientos y actitudes que, por su trascendencia, merece una reflexión. Ahora que tanto se habla de una “muerte digna”, refiriéndose a la eutanasia, que será, si nadie lo remedia, la próxima ley que vendrá a cubrir alguno de los espacios necesarios para mantener activo el proceso de destrucción de los valores morales de la mitad, al menos, de la sociedad española, conviene valorar algunos aspectos de la encendida defensa que de la misma hacen algunos sectores -progresistas, por supuesto- de la sociedad. Resulta cuanto menos ignominioso que se use la expresión “derecho a morir dignamente” para referirse a la eutanasia, como si la muerte de quienes afrontan los sufrimientos que su estado acarrea fuese indigna; como si su vida, mermada en las facultades físicas, no mereciera mas que la muerte. Rom era una persona en aparente estado vegetativo pero que, contra todo pronostico médico, escuchaba y sentía. ¿Cuáles serían sus sentimientos cuando escuchara la voz de los médicos desahuciándolo? ¿En cuantas ocasiones recibiría su madre el “consejo” para la aplicación de una “muerte digna”. ¿Cuántas veces, desde distintos medios, se le habrá aconsejado, cuando no adoctrinado, sobre la conveniencia de poner fin a ese estado que se había etiquetado como vegetativo? Es una grave irresponsabilidad que las personas que han hecho del sacrificio y el amor hacia su ser querido una épica cotidiana, que se esfuerzan por mantener erguidos los trozos del maltrecho ánimo, reciban constantemente incitaciones al desistimiento. Que a pesar de la propaganda -directa, indirecta y subliminal que también se sabe inducir desde posiciones progresistas-, perseveran en su deseo de mantener vivo al ser querido esperando ese milagro que, como en este caso, también puede llegar. Preservar la vida de las personas es una obligación que compete a la sociedad y una sociedad verdaderamente solidaria debe centrar sus esfuerzos en morir con dignidad a quien está llegando al fin de su vida, cuidándolo de tal manera que no le quepa la menor duda de que, aunque esté muy deteriorado, no ha perdido nada de su dignidad. La jurisprudencia del Tribunal Constitucional establece que “el derecho a la vida tiene un contenido de protección positiva que impide configurarlo como un derecho de libertad que incluya el derecho a la propia muerte”, y esto está por encima de cualquier cálculo numérico en el Congreso de los Diputados. La persona importa porque es persona, y debe importar hasta el último momento de su vida. Los médicos deben hacer lo humanamente posible para ayudarle, no solo a morir apaciblemente, sino y sobre todo, ayudarle a vivir hasta que muera. Los confesos partidarios de la eutanasia que, en la práctica, suele abrir la puerta a la despedida prematura de una persona, deben valorar que por la senda del “derecho a morir” se llega a poner en manos ajenas una licencia para matar. Por un caso como el de Rom, por una madre paciente que nunca perdió la esperanza de poder comunicarse nuevamente con su hijo, debería ser suficiente para hacer pensar mas detenidamente a los defensores de la eutanasia. SI, ESTAMOS EN NAVIDAD Ir a todos los artículos No resulta fácil en estos tiempos que nos ha tocado vivir el asomarnos a la Navidad con la misma ilusión que la vivíamos de pequeños junto con nuestros padres -creyentes o no-, entonando antiguos y repetidos villancicos alrededor del clásico belén. No era la ilusión de una creencia ciega en Dios, sino la celebración de una fiesta al margen de la dicotomía de creer o no creer. Eran las vacaciones escolares y los dulces, en donde nuestros ojos se perdían dando aliento a los estómagos. Eran canciones con pandereta y zambomba y ningún Dawkins, darwinista y ateo, nos anunciaban lo de “Dios probablemente no existe” y el “deje de preocuparse y disfrute de la vida”, dando por hecho que aquel que crea en Dios no disfruta de la vida. Se ha hecho lo imposible por apartar de las casas los recuerdos de aquellos momentos que significó un importante cambio en la historia de la humanidad, representado en modestos belenes hechos con papel de plata sacados de las pastillas de chocolate y con cartulinas azules primorosamente recortadas; y por el contrario nos importan un personaje extraño y lejano, gordo, vestido de rojo y viajando en algo tan absurdo en un país como el nuestro como es un trineo, que además esa figura es icono comercial de una determinada marca; precediendo a las fechas tradicionales de enero para engolosinar a los niños por el adelanto de recibir los consiguientes regalos. ¡Cuanta culpa han tenido muchos padres al dejarse arrastrar por esta forma perversa y desleal para con nuestras tradiciones! Estamos dejando de defender y de explicar la razón última de la Navidad, cediendo terreno ante los enemigos, no ya de Dios o de la religión, sino ante los enemigos de la propia esencia de la tradición ancestral y cristiana. Esto debe ser independientemente de que creamos o no, de que tengamos fe o seamos agnósticos, lo cierto es que la Navidad es la expresión máxima de la tradición cristiana y significa un espacio vital para el ser humano, pues en estas fechas nuestra sensibilidad cobra fuerza interior y nos induce a momentos de ternura, a lo mejor de nosotros mismos.Todo esto conlleva dar ejemplo de convivencia y tolerancia, pero sin permitir que nadie pisotee ni merme nuestro derecho a celebrar lo que su significación ha aportado a la humanidad a través de los tiempos. Que la crispación y el sectarismo no intente imponerse a las creencias de aquellos que mantienen la Fe transmitida por sus padres o encontrada en algún momento de su vida; y sin que esto pueda ser motivo de escarnio y razón de aquellos que, amparados en su agnosticismo, quieran imponer la formulación de la ciencia como una nueva religión. Ante tanta atmósfera recalentada y espesa flota una indudable pasión política y ello nos lleva a situar el mapa litúrgico a un estado temporal, adulterado y travestido por las avanzadas tendencias laicistas que con mano de hierro van socavando los cimientos de todo aquello que no les importa, o que molesta esa expresión de seguridad en sus creencias. Sin imponer nada, sin obligar a nadie a nada, respetando a quienes no quieran celebrar estas fiestas, pero tampoco sin ceder un ápice de mis convicciones, yo les deseo a todos mis queridos lectores una muy Feliz Navidad. 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