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Opinión 4

OPINIÓN

EL BURKA Y LA NORMALIAD

Fátima Hssisni nos ha tratado de ignorantes, ya que –según manifiesta la hermana del terrorista Hassan Hssisni- el burka “es algo muy normal” El sometimiento a que se ven abocadas millones de mujeres llevando esa prenda, como símbolo de la superioridad del hombre sobre la mujer en el mundo musulmán, es para esta Fátima algo normal. No se si sus palabras han venido como consecuencia de la permisividad española con una religión cuya ortodoxia dista mucho de la que –todavía mayoritariamente- se profesa en nuestra nación, y a pesar de que haya quien ha visto similitud con los símbolos de nuestra religión; o bien por la bobalicona idea de esa alianza de civilizaciones formada por algunos países en donde encuentras gobiernos dictatoriales discutiendo sobre derechos humanos y en beneficio del radicalismo islámico. Un Islam que esclaviza a las mujeres y a los infieles; decapita, lapida y mutila a delincuentes, discrepantes y homosexuales, no puede ser nunca algo normal, ni tampoco se debería, desde quien tiene la potestad de legislar, de favorecer en nuestro país conductas y normas que favorezcan la esclavitud que supone las normas coránicas y el burka es, sin duda, una vergonzosa mirada al abismo de la desigualdad. Se empieza con reconocer y familiarizarnos con el uso del polémico “hijab” o pañuelo que cubre las cabezas de muchas mujeres musulmanas, incluso niñas en edad escolar, y pasamos de puntillas sobre resoluciones de la Conferencia Internacional de Hubz ut Tahrir en Yakarta, en donde los dirigentes islámicos decidieron la restauración del Califato; es decir, el establecimiento de una autoridad sobre todas las naciones y pueblos mahometanos. No hace falta decir que España está incluida entre los países históricamente musulmanes que formarían parte del mismo y que es parte irrenunciable para el fundamentalismo islámico. El Islam lleva tiempo invadiendo Europa lentamente y como valientemente denunció en su día Oriana Fallaci “protegido por nuestras leyes complacientes, nuestro liberalismo, nuestro pietismo y nuestro miedo…” Los mas de quince millones que hoy viven en Europa son los pioneros. Vendrán cada vez más y también exigirán cada vez más. Es imposible el razonamiento con quienes tienen como sus principios El Corán, y como apostillaba Fallaci “¿qué lógica tiene respetar a quien no nos respeta? ¿Qué dignidad tiene defender la cultura o presunta cultura de aquellos que desprecian la nuestra?” La marroquí Fátima Hssisni, en cuyo país de origen no se cultiva ese radicalismo tan atroz, quiere darnos a los españoles lecciones tachándonos de ignorantes; ella, la defensora del hermano que se inmoló en un atentado terrorista en Irak bajo las ordenes del líder de Al Qaeda Abu Musab Al Zarqaui y de una tropa de yihadistas de cuyos desmanes algo supimos nosotros en un fatídico día 11. Guárdese sus recomendaciones y lo dictados del imperio de la sharia, la ley coránica. Yo prefiero, aunque duelan, releer las palabras de Khayried, una mujer condenada a morir lapidada en Irán: “Estoy preparada para morir ahorcada pero no deberían lapidarme. Si te estrangulan mueres y ya está, pero es muy duro soportar los golpes de las piedras en la cabeza”. Por supuesto que en Europa a Fátima no la tratarían de ese modo.

HAY ALGO PODRIDO

Como en la obra "Hamlet" de William Shakespeare, cuando el personaje dice aquello de “There is something rotten in Denmark", aquí podemos decir que hay algo podrido en España. Periódicamente aparecen, desde la transición democrática, noticias relativas a corrupciones de distinto grado; desde tramas muy bien estructuradas para la financiación irregular de partidos políticos a actuaciones y comportamientos de carácter individual. De impulsores directos desde los órganos de dirección a pequeños representantes políticos. El resultado de estas actuaciones es una sensación de inmoralidad que se percibe y que equipara igual, a nivel popular, a cualquier político, sin distinción de cargo que ocupe o partido en que milite; sin ponerse a diferenciar sobre la valoración real con que cada asunto debe tratarse, pues existen comportamientos que merecen sanción penal y otros solo reprobables a nivel ético. No es cierta la idea que interesadamente se propala sobre que la corrupción es inherente a todos los políticos; afortunadamente quedan muchísimos políticos que obran honradamente desde cualquier parcela, aún reconociendo que ciertos cargos son propensos a ser tentados por la situación que detentan y su trascendencia económica. El grave problema con que nos enfrentamos es, por una parte, que todo esto sirve de motivo para minar los resortes que harían factibles la regeneración moral del país y, por otra, la sensación que genera de indiferencia colectiva en la ciudadanía, como aceptando como normal lo que a todas luces es una anormalidad democrática. Aunque España sea literariamente –y no tanto- patria natal del Pícaro, del Lazarillo y del Buscón y la corrupción cada vez mueve menos a escándalo, hasta producir en algunas personas cierta fascinación por los individuos que se han enriquecido rápidamente, se debe ser intransigente con estas actitudes que, además de dañar gravemente la imagen de los políticos, provoca una fuerte desconfianza en los ciudadanos y, por ende, en las instituciones. Tampoco ayuda mucho a la regeneración democrática y de lo valores constitucionales el aprovechamiento que los mismos políticos, de distinto signo, hacen de estos acontecimientos por sus intereses partidistas, propalando y aireando anticipada e interesadamente temas que están en fase de instrucción y que solo el final de dicha instrucción y juicio correspondiente se podrá decir de la realidad de las imputaciones que se hacen. El desarrollo de un proceso penal con todas las garantías es incompatible con una valoración precipitada y sesgada, utilizando para ello medios tan poderosos como la prensa, la radio o la televisión, capaces por si mismos de manipular la voluntad de muchas personas poco instruidas o predispuestas a creerse todo aquello que estos medios digan. Por ello es que desde los órganos correspondientes se deberían dictar unas reglas claras y transparentes por las que se pudiera conocer la financiación de los partidos políticos y, a través de éstas, un control estricto en el manejo de los fondos de que disponen, con unos límites lo suficientemente severos para que la tentación de conseguir más poder o perpetuarse en el mismo estén mediatizados por los recursos que puedan obtener legalmente; así como un mayor control por la Hacienda Pública de los ingresos y gastos de los políticos que sean consecuentes con sus ingresos normales de su actividad. Si no es así, la democracia pasaría de ser un sistema ideal para la convivencia a un sistema corrupto y de negación de sus valores y en especial de los morales.

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