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Opinión 2

OPINIÓN

FORMAS TRIBALES

Con la llegada del verano, como el calor que se acentúa, florecen en las pieles de hombres y mujeres de distintas y variadas cualidades estéticas y edades, dibujos grabados a tinta y sangre en sus epidermis. Blancas de luna o morenos de sol. Colocados en lugares estratégicamente a gusto del consumidor, aunque para ello, en muchas ocasiones, se tenga que buscar acomodo a la vestimenta en tributo a la exposición del objeto, con el fin de dejar el espacio necesario para que sea contemplado Los hay de pequeño tamaño o escandalosamente grandes; de diminutas figuras que cuesta distinguir su forma en la distancia o de enormes manchas indefinidas cubriendo toda una parte importante del cuerpo; en negro o en color, con cierta calidad artística o esperpentos que definen a las claras el gusto de su portador. La variedad es abrumadora: calaveras, cruces, cadenas, corazones y alguna pesadilla gótica, sin olvidar nombres propios o mensajes que solo su portador puede conocer su verdadero significado; son como grafitos imborrables que establecen una cierta clasificación en función de determinados criterios de género o de especie urbana. Como una nueva jerarquía o tribu entre tatuados y simples mortales. Los autores latinos clásicos describían estos ornamentos como de uso de los pueblos bárbaros. Britanos , germanos y tracios, entre otros. Esta costumbre fue paulatinamente desapareciendo con la llegada del cristianismo, hasta que en Europa, los exploradores del siglo XVIII , al entrar en contacto con culturas primitivas de América y Asia, hicieron resurgir la moda. Moda que no era más que una imitación de las costumbres primitivas ornamentales de los salvajes habitantes de esos continentes. En la España de los años cincuenta, a excepción del visitante allende nuestras fronteras que iniciaron la invasión turística que conocería su apogeo en la década de los sesenta, solo se conocía estos distintivos entre la marinería, legionarios y presidiarios, quienes, al igual que hoy, procuraban mantener descubiertos los torsos o los brazos para lucir un remedo de carabela o una estrambótica espada llameante, cuando no una desdibujada áncora; todos ellos semiocultos por una pelambre de la que hoy carecen muchos de los jóvenes exhibicionistas –y no tan jóvenes- por la nueva moda de la depilación. Es la nueva cultura estética. la imitación de algunos iconos de la farándula que se exhibe en los nuevos foros de la televisión o de las canchas -¡ay, pero no de la cultura!-, de los nuevos dioses del deporte o de la música moderna; del artista cinematográfico de moda o simplemente por eso, por “estar de moda”, como complemento y adorno, sin valorar en toda su medida los efectos, ya no estéticos futuros, sino, como ya ha ocurrido en medicina, condicionando en gran medida la posible aplicación de técnicas o remedios paliativos. Cualquiera que haya querido verlo, ha podido comprobar, en la piel ajada de una persona degradada físicamente por los años, el efecto antiestético de algo que fue un dibujo en una piel tersa; sin mencionar el drama de esos mapas vivientes que lucharon por no dejar libre un centímetro de piel sin rotular en sus años mozos. En la futura senectud de los tatuados, ¿se seguirá acomodando también la vestimenta a los permanentes e imborrables adornos en sus pieles?

LOS TERRORISTAS DEL SPRAY

Hace unos días he podido pasear por las calles de un país vecino no exento de historia en sus majestuosos edificios, con una red de museos y un parque arqueológico. De sus gentes no puedo hablar mucho, pues mis relaciones con algunos de ellos no pasaban de ser simples formalidades como consecuencia de la condición circunstancial de ser visitante, aunque sus actos los distingue. Entre otras muchas cosas interesantes que pude ver, tuve la agradable sorpresa de encontrarme ante la ausencia total de esos infames grafitos que desgraciadamente pueblan con excesiva profusión las paredes de nuestras calles, museos, iglesias y cualquier lugar en donde estos nuevos terroristas del spray, sin el más mínimo respeto a la historia, al legado cultural y a la propia convivencia, emborronan con sus pintadas la imagen de un país llevándolo a un nivel tercermundista. Son simples saboteadores que van dejando sus huellas indelebles con ese punto de chulería que da el anonimato y la casi certeza de la impunidad; como los canes, van marcando territorios con una grafía en forma de firma para que vayamos conociendo de su paso por lo que ellos consideran sus dominios; como auténticos atilas arrasan cuanto encuentran a su paso: paredes con historia, impolutas paredes y fachadas de edificios singulares, escalinatas, bancos y suelos; todo cae bajo el dominio del envase pulverizador en manos de tanto ignorante, de tanto malvado. Algunos, con ínfulas artísticas, remedan lo que quiere ser una imagen, creyéndose que así se convierte en el centro de interés; otros utilizan mensajes dirigidos a novias, amigos o enemigos, cuando no simples exabruptos y soeces dicterios, como queriendo arrojarnos a la cara la mala educación que derrochan. Lo mismo les da hacerlo en una valla que en el capitel que corona las columnas de un antiguo vestigio histórico. Todo vale para esta tribu que se niega a crecer física e intelectualmente y que actúan con la impunidad del delincuente, sin que se vea poner gran empeño en perseguirlos y anular esta plaga por quienes tienen el deber de conservar nuestro patrimonio y preservar de la barbarie la hermosura de nuestras calles, paseos y jardines. Entristece el ver que aquello que debiera irritar y alertar la conciencia por una situación injusta, exigiendo el borrado de tanta falta de respeto a nuestra convivencia, añadiendo una innecesaria dosis de irritante incomodidad, se va consintiendo por el clásico pasotismo que nos caracteriza, porque estos hechos, por continuados, se les considera irremediables. Los que conocimos los viejos manuales de urbanidad, asignatura que fue obligatoria en anteriores etapas educativas, sabemos la distinción de los comportamientos, las normas cívicas y los buenos modales, todo ello exigible entre personas que se dicen civilizadas. Por ello debemos exigir a nuestros gobernantes, sean del nivel que sean, pero en particular a los locales, que se persiga esta práctica del garabateo callejero y controlar y reparar las devastadoras consecuencias pictóricas, si realmente queremos llegar a ser admirados por nuestros vecinos de Europa y de otros continentes, aunque me temo que ellos, los gobernantes, andan cortos en ideas capaces de dar solución a tanto atropello al buen gusto y a la razón.

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